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¿Sientes a veces que «no llegas», te sientes desbordado, te gustaría liberarte de la tensión para poder realizar mejor la tarea que te planteas o simplemente para estar más tranquilo, o disfrutar más teniendo la sensación de que “controlas la situación?»

El Diccionario de la Real Academia Española define el estrés de la siguiente forma:

“Tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves.“

Lo que ocurre es que nosotros observamos cualquier situación y la interpretamos a nuestra manera. Cada uno de una forma distinta. La buena noticia es que puedo influir en la forma en que interpreto la situación en beneficio propio.

Tan nocivo es para nuestro bienestar y equilibrio personal el hecho de no asumir la responsabilidad que me toca como el asumir demasiada. Y es esta última la que puede generar un estrés excesivo.

Un alumno de tenis llegó el otro día totalmente abatido porque le habían puesto una mala nota en lengua. Se sentía preocupado e impotente porque no sabía como abordar la situación, ya que según él, la profesora le había tratado injustamente. Además no entendía sus criterios de corrección. No era la primera vez que le ocurría, ya había experimentado esta misma sensación de fracaso en otras ocasiones debido principalmente a sus faltas de ortografía. “Para colmo”, me dijo, “fui al examen sin reloj y cuando dijeron que faltaban quince minutos en realidad faltaban cinco y no pude acabar el examen”.

Viendo lo estresado que estaba el alumno – incluso al golpear la bola se notaba como trataba de liberar tensión – le plantee tres sencillas preguntas encaminadas a gestionar el estrés que recordaba del libro “El Juego interior del Estrés” (Timothy Gallwey):

¿Qué es lo que no controlas de esta situación?

No controlo la opinión que tiene la profesora de mí.

No controlo los criterios de corrección de la profesora.

No controlo el suspenso que ya me han puesto.

No controlo “mi voz interna que me dice que no voy a aprobar nunca”.

No controlo cómo me siento de mal por haber fracasado de nuevo en lengua.

¿Qué es lo que estoy intentando controlar?

Estoy intentando controlar mi enfado.

Estoy intentando controlar mi desánimo.

Estoy intentando controlar mis pensamientos acerca de lo que debería hacer.

¿Qué podría controlar que ahora no estoy controlando?

Podría llevar un reloj al examen para gestionar mejor el tiempo.

Podría hablar con mi tutora para solicitar ayuda y hacer un plan de trabajo.

Podría estudiar de forma regular la asignatura para estar mejor preparado para el examen.

Podría hacer ejercicios específicos de ortografía todos los días.

Podría dejar de criticarme y ponerme manos a la obra.

Podría aceptar la situación y tranquilizarme.

Podría pensar que soy capaz de aprobar, igual que lo hago con otras asignaturas.

 

El gesto de la cara de mi alumno cambió cuando se percató de todo lo que podía hacer para mejorar su situación sin depender de nada ni nadie.

Más tarde, durante la clase, hubo un momento en el que se quejó de que las bolas que le lanzaba no le “resultaban cómodas”, pretendiendo justificar así algún error en su golpeo.

Le pregunté:

¿Qué puedes controlar que hasta ahora no estás controlando? Se quedó un momento pensativo y respondió:

Puedo estar más atento para “leer la trayectoria de la pelota” con anticipación y prepararme mejor para el golpe.

Puedo correr más para llegar a tiempo.

Puedo mantenerme más activo con los pies mientras espero a que lances una pelota.

Y tú, en tu trabajo, en tu familia, en tus relaciones personales, ¿qué puedes hacer para asumir responsabilidad y enfocarte en lo que podrías controlar en vez de gastar energía inútilmente tratando de controlar lo que está fuera de tu alcance?

 

 

 

 

 

 

 

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